
Van a construir al lado de tu casa (Parte 2)
22/06/2026

¿Estamos realmente preparados?
Las imágenes vuelven a repetirse. Edificios colapsados. Personas atrapadas entre los escombros. Equipos de rescate trabajando contrarreloj. Familias que, en apenas unos segundos, pierden el lugar donde construyeron toda una vida.
Cada vez que un gran terremoto sacude alguna región del mundo solemos reaccionar de la misma manera. Seguimos las noticias durante algunos días, observamos con asombro la magnitud de los daños y sentimos un cierto alivio al pensar que ocurrió lejos, en otro país, bajo otras normas y en una realidad que suponemos diferente de la nuestra.
Sin embargo, desde la arquitectura y la ingeniería esa no debería ser la primera reflexión.
La verdadera pregunta es mucho más cercana y, probablemente, mucho más incómoda.
¿Confiaría plenamente en el edificio donde vive si esta noche tuviera que enfrentar un sismo de gran magnitud?
La mayoría de las personas respondería que sí. Pero si inmediatamente les preguntáramos por qué están tan seguras, probablemente descubrirían que nunca se habían formulado esa pregunta.
Confiamos en nuestros edificios porque convivimos con ellos todos los días. Entramos y salimos sin detenernos a pensar cómo fue calculada su estructura, bajo qué reglamentos fue proyectado, qué controles tuvo durante su construcción o qué modificaciones recibió con el paso de los años. Dormimos tranquilos entre sus paredes porque asumimos que esa tranquilidad está garantizada por el simple hecho de que el edificio continúa en pie.
Y esa confianza es absolutamente natural.
Lo que no siempre resulta razonable es creer que la apariencia de un edificio refleja necesariamente su verdadero estado estructural.
Una fachada impecable, una pintura reciente o la ausencia de grietas visibles pueden transmitir una sensación de seguridad. Sin embargo, la ingeniería demuestra que la verdadera capacidad resistente de una construcción no siempre puede apreciarse a simple vista. Existen procesos de deterioro que avanzan lentamente durante años, modificaciones que alteran el comportamiento original de la estructura e intervenciones que, aunque parezcan menores, terminan influyendo en la forma en que un edificio responderá cuando sea sometido a una solicitación extraordinaria.
Precisamente allí reside una de las mayores diferencias entre la percepción cotidiana y el conocimiento técnico. Mientras la mayoría de las personas evalúa un edificio por lo que ve, los profesionales intentan comprender aquello que no se ve: cómo trabajan sus elementos resistentes, cómo se distribuyen los esfuerzos, cuál es el estado de conservación de los materiales y qué transformaciones ha experimentado la estructura desde el día en que fue construida.
Los terremotos constituyen una de las pruebas más exigentes que puede enfrentar una construcción. En pocos segundos ponen en evidencia decisiones de proyecto, criterios de cálculo, calidad de ejecución, mantenimiento acumulado durante décadas y hasta pequeñas intervenciones que, en circunstancias normales, parecían no tener importancia.
Por eso suele existir una idea equivocada acerca de los edificios sismorresistentes. Muchas personas imaginan que una construcción preparada para resistir un terremoto es aquella que permanece completamente inmóvil y sale absolutamente intacta después del movimiento. La realidad es bastante más compleja.
La ingeniería moderna no busca edificios indestructibles. Busca edificios capaces de proteger la vida de las personas.
Para lograrlo, las estructuras sismorresistentes no intentan oponerse rígidamente a la enorme energía que transmite el suelo durante un terremoto. Por el contrario, están concebidas para deformarse dentro de límites cuidadosamente previstos, disipar parte de esa energía y evitar que se produzca un colapso generalizado. En otras palabras, aceptan que determinados elementos puedan sufrir daños controlados con el objetivo de preservar la estabilidad del conjunto y permitir que sus ocupantes puedan evacuar el edificio con seguridad.
Esa diferencia cambia completamente la manera de entender la seguridad estructural. El éxito de una construcción no consiste necesariamente en terminar un terremoto sin una sola fisura. El verdadero éxito consiste en conservar su estabilidad, evitar el colapso y cumplir con la función más importante que tiene cualquier edificio: proteger la vida humana.
Sin embargo, incluso los mejores proyectos dependen de algo que suele pasar inadvertido para la mayoría de las personas: cada edificio posee una historia.
Esa historia comienza mucho antes del día en que ocurre un terremoto. Empieza cuando un arquitecto desarrolla el proyecto, cuando un ingeniero calcula la estructura y cuando la obra se ejecuta bajo determinados controles de calidad. Pero no termina con la inauguración. Continúa escribiéndose durante toda la vida útil del edificio, con cada reparación, cada remodelación, cada cambio de uso, cada intervención sobre elementos estructurales y también con cada problema de mantenimiento que se posterga o simplemente se ignora.
Las filtraciones persistentes, la corrosión de las armaduras, los asentamientos diferenciales, las sobrecargas no previstas, las demoliciones parciales mal ejecutadas o las reformas realizadas sin el debido asesoramiento profesional van dejando una huella silenciosa sobre la construcción. Muchas veces esos procesos permanecen ocultos durante años y no generan consecuencias inmediatas. Sin embargo, pueden modificar significativamente la forma en que una estructura responderá cuando deba enfrentar una situación extrema.
Por eso, desde el punto de vista técnico, la resistencia estructural también tiene memoria. No comienza cuando la tierra empieza a moverse. Comienza muchos años antes, con las decisiones adoptadas durante el proyecto, continúa durante la construcción y sigue definiéndose a lo largo de toda la vida del edificio.
Argentina no es igual frente a un terremoto
Existe además otro aspecto que pocas veces forma parte de estas conversaciones. Argentina no posee una única realidad sísmica. La peligrosidad varía considerablemente de una región a otra y, en consecuencia, también cambian las exigencias técnicas con las que deben proyectarse las construcciones.
Provincias como San Juan y Mendoza conviven históricamente con una intensa actividad sísmica y han desarrollado una sólida tradición en materia de diseño sismorresistente. Otras, como La Rioja, Catamarca, Salta y Jujuy, también presentan niveles importantes de peligrosidad. En cambio, regiones como Buenos Aires, el Litoral o gran parte de la Patagonia registran una actividad sísmica mucho menor, aunque ello no significa que el riesgo sea inexistente.
Por esa razón, afirmar que Argentina «no es un país sísmico» resulta tan equivocado como creer que todo el territorio enfrenta la misma amenaza. Cada edificio debe analizarse dentro de la realidad geológica del lugar donde fue proyectado y construido. Las normas sismorresistentes no constituyen una formalidad administrativa ni un simple requisito reglamentario. Son el resultado de décadas de investigación y de lecciones aprendidas, muchas veces después de tragedias que demostraron cuánto puede depender la diferencia entre un edificio que protege y otro que colapsa de una correcta decisión técnica adoptada muchos años antes del desastre.
Y quizás allí aparezca la reflexión más importante de todas. Cuando un terremoto ocurre, solemos creer que es en ese instante cuando se decide el destino de un edificio. En realidad, ese destino comenzó a definirse mucho antes. El sismo solamente pone a prueba la calidad de una historia que empezó el día en que aquella construcción dejó de ser un plano para transformarse en una obra.
Desde Arquitectos de Abogados (AdeA), esta mirada forma parte de una convicción central: los edificios no deben analizarse solamente cuando el daño ya ocurrió. Deben comprenderse, mantenerse y diagnosticarse antes de que una emergencia revele aquello que permanecía oculto.
Como arquitecto legista, he comprobado en numerosos casos que una grieta, una filtración, una deformación o una intervención mal ejecutada nunca son datos aislados. Forman parte de una historia constructiva que debe ser leída con método, prudencia técnica y responsabilidad profesional.
Un terremoto puede durar apenas segundos. Pero la respuesta de un edificio se construye durante décadas.
Por eso, la verdadera prevención no comienza cuando la tierra empieza a moverse. Comienza mucho antes, cuando todavía estamos a tiempo de mirar, diagnosticar y actuar.
Arq. Teodoro Rubén Potaz
Arquitectos de Abogados
👉 En AdeA trabajamos sobre aquello que otros dejan pasar: donde el error ya está construido, pero todavía puede ser entendido, demostrado y encuadrado técnicamente.
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