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Tras el derrumbe ocurrido en Parque Patricios, una pregunta técnica permanece abierta: qué ocurre bajo el suelo cuando una obra excava por debajo del nivel del agua subterránea.
El análisis del arquitecto Teodoro Potaz explica por qué los colapsos urbanos rara vez son hechos aislados y qué deberían estar evaluando realmente los ingenieros antes de permitir que los vecinos regresen a sus viviendas.
Mientras se apuntalan estructuras y los vecinos esperan poder regresar a sus viviendas, una cuestión técnica permanece abierta: cuando una obra excava por debajo del nivel del agua subterránea y el subsuelo se ubica varios metros por debajo de ese nivel, la estabilidad del sistema no depende solo de lo que se ve en superficie, sino de cómo interactúan el suelo, el agua y las fundaciones de los edificios vecinos.
Buenos Aires es una ciudad que, en muchos de sus barrios, se construye sobre agua.
Cuando una obra decide excavar varios metros por debajo del nivel natural del suelo, lo que entra en juego no es solamente la estabilidad de un edificio, sino el equilibrio subterráneo que comparten todas las construcciones que lo rodean.
Después de un derrumbe urbano la escena suele repetirse.
Los vecinos son evacuados, se cercan las calles, aparecen técnicos y funcionarios y finalmente se comunica que las personas podrán volver a sus viviendas cuando se tenga la certeza de que no existe riesgo de nuevos derrumbes.
La frase suena tranquilizadora.
Pero desde el punto de vista técnico plantea una pregunta inevitable:
¿es realmente posible garantizar que no habrá otro derrumbe?
Cuando el suelo cede y una estructura colapsa, no estamos frente a un hecho aislado que simplemente “ya pasó”.
En la mayoría de los casos el derrumbe es la manifestación visible de un proceso previo: movimientos del terreno, excavaciones mal contenidas, pérdida de apoyo lateral del suelo o alteraciones en las fundaciones de los edificios vecinos.
En otras palabras, el derrumbe suele ser la consecuencia final de un problema que comenzó antes y que puede seguir evolucionando después.
Por eso, cuando se decide evacuar a los vecinos y alojarlos temporalmente fuera de sus viviendas, no se trata solamente de una medida de asistencia.
Es una decisión basada en un hecho simple:
el sistema todavía no está completamente estabilizado.
El terreno ya se movió.
Las estructuras ya reaccionaron.
Y el comportamiento del conjunto todavía debe ser evaluado.
Qué deberían estar revisando realmente los ingenieros
Después de un evento de este tipo, el trabajo técnico no consiste solamente en observar el punto exacto donde ocurrió el derrumbe.
En realidad, lo primero que debe analizarse es cómo se comporta el sistema completo formado por el suelo, la excavación y los edificios vecinos.
En excavaciones profundas realizadas dentro de la ciudad, el terreno pierde temporalmente parte de su confinamiento natural.
Cuando se retira el suelo que antes contenía lateralmente a las capas del terreno, aparecen empujes horizontales que deben ser absorbidos por las estructuras de contención proyectadas para la obra.
Si esas estructuras no resisten adecuadamente la presión lateral del suelo o si durante la ejecución se producen deformaciones o desplazamientos, el terreno puede comenzar a moverse hacia el interior de la excavación.
Ese movimiento, muchas veces imperceptible al inicio, puede transmitirse a las fundaciones de los edificios vecinos.
Por eso, en excavaciones urbanas profundas, la estabilidad no depende únicamente del edificio en construcción sino también del comportamiento del suelo que sostiene a las construcciones linderas.
Para evitar deformaciones o desplazamientos, el proyecto suele prever sistemas de contención, fundaciones especiales y soluciones de impermeabilización capaces de resistir las presiones del suelo y del agua subterránea.
En ese contexto aparece un dato técnico particularmente relevante.
En la documentación del proyecto se menciona que el nivel del agua subterránea podría alcanzar cotas cercanas a 0.00, mientras que el nivel del subsuelo proyectado se ubicaría aproximadamente a –3.00 metros.
En los planos estructurales registrados se indica que el nivel general del subsuelo se ubica aproximadamente en la cota –2.95 m, mientras que la losa inferior de subpresión alcanza aproximadamente la cota –3.10 m respecto del nivel de referencia ±0.00.
Esto significa que el conjunto estructural del subsuelo fue proyectado alrededor de tres metros por debajo del nivel de referencia del terreno.
Cuando una obra se desarrolla en esas condiciones, la estanqueidad del sistema deja de ser simplemente un detalle constructivo.
Pasa a convertirse en una condición estructural indispensable para garantizar que el agua subterránea no altere el equilibrio del suelo ni la estabilidad de las estructuras enterradas.
En ese nivel del proyecto se ubican los subniveles destinados principalmente a cocheras, lo que implica que las estructuras enterradas se desarrollan varios metros por debajo del nivel potencial del agua subterránea.
En términos simples:
el subsuelo debe comportarse como una estructura completamente sellada frente al agua.
Pero además aparece otro fenómeno físico relevante: la presión hidrostática.
Cuando el agua subterránea rodea una estructura enterrada, ejerce una presión permanente que actúa tanto lateralmente como desde abajo.
En condiciones extremas puede generarse incluso subpresión, es decir, una fuerza ascendente que tiende a empujar la losa del subsuelo hacia arriba.
Por esa razón, los subsuelos construidos por debajo del nivel freático deben diseñarse considerando cuidadosamente el peso propio de la estructura, la resistencia de las fundaciones y los sistemas de impermeabilización.
Pero aquí aparece una pregunta técnica inevitable:
¿La obra ejecutada respetó exactamente las condiciones previstas en el proyecto?
Porque en ingeniería, especialmente cuando se trabaja por debajo del nivel freático, no basta con que una solución esté prevista en los planos.
Es imprescindible que la ejecución en obra reproduzca con precisión lo que el proyecto exige para garantizar la estabilidad del sistema.
El apuntalamiento: una medida necesaria pero provisoria
Según se ha informado, actualmente se han realizado trabajos de apuntalamiento en el área afectada.
El apuntalamiento es una técnica conocida en ingeniería estructural.
Su función es contener o estabilizar temporalmente una estructura que ha perdido parte de su capacidad resistente, evitando que el daño continúe propagándose mientras se analiza la situación.
Pero el apuntalamiento no resuelve el problema de fondo.
Permite ganar tiempo.
Tiempo para estudiar lo ocurrido, evaluar el comportamiento del suelo y determinar cuáles son las medidas definitivas que deberán adoptarse.
Por eso, cuando hoy se informa que se están colocando apuntalamientos, la pregunta técnica no desaparece.
En realidad, se vuelve todavía más importante:
¿se está conteniendo solamente el daño visible o se está evaluando el sistema completo que existe bajo el suelo de la ciudad?
La ciudad también genera vibraciones
A este escenario se suman además las solicitaciones dinámicas propias de una ciudad densa.
Tránsito pesado, maquinaria urbana y concentraciones masivas de personas generan vibraciones que normalmente resultan irrelevantes para estructuras en condiciones normales.
Sin embargo, cuando un sistema estructural se encuentra en una situación de equilibrio frágil, incluso pequeñas solicitaciones dinámicas pasan a ser variables que los ingenieros deben considerar con especial atención.
En el entorno cercano del área afectada se encuentra además el estadio Tomás Adolfo Ducó, donde se realizan periódicamente eventos deportivos y recitales multitudinarios.
En condiciones estructurales normales esto no representa ningún problema.
Pero cuando una estructura se encuentra en una situación de estabilidad comprometida, el análisis técnico del entorno urbano también debe contemplar este tipo de solicitaciones dinámicas.
Por qué los derrumbes urbanos rara vez son eventos aislados
La experiencia técnica muestra que los derrumbes urbanos rara vez son hechos completamente aislados.
En la mayoría de los casos son el resultado de una combinación de factores:
condiciones del suelo, comportamiento del agua subterránea, características de la excavación y decisiones constructivas tomadas durante la ejecución de la obra.
Durante un tiempo el sistema puede adaptarse a esas condiciones.
Pero llega un momento en que el equilibrio se rompe.
El derrumbe es entonces la señal visible de un proceso que venía desarrollándose antes.
Por eso, cuando ocurre un colapso, la pregunta técnica más importante no es solamente qué se cayó.
La pregunta verdaderamente importante es:
qué estaba ocurriendo bajo el suelo antes de que eso sucediera.
El verdadero problema después del derrumbe
Cuando se anuncia que los vecinos podrán regresar a sus viviendas “cuando todo sea seguro”, la intención es tranquilizar.
Pero en ingeniería la seguridad no se declara.
Se demuestra.
Se demuestra analizando el terreno, verificando las estructuras, revisando los proyectos y comprobando que lo construido responda efectivamente a lo que fue diseñado.
Porque cuando una ciudad excava por debajo del nivel del agua, lo que está en juego no es solamente la estabilidad de una obra en particular.
Está en juego el equilibrio invisible que sostiene a todos los edificios que la rodean.
Por eso, después de un derrumbe, la pregunta verdaderamente importante no es solamente qué estructura falló.
La pregunta que todavía permanece abierta es otra:
si los propios planos advertían que el agua estaba allí, la verdadera cuestión es si la obra se construyó realmente para convivir con ella.
Desde Arquitectos de Abogados (AdeA) creemos que en situaciones como esta resulta fundamental acercar al público una lectura técnica que permita comprender qué está ocurriendo realmente.
Muchas veces la información queda detrás de vallados de obra, informes reservados o comunicaciones que necesariamente buscan tranquilizar a la población.
Sin embargo, entender cómo funcionan nuestras ciudades y nuestros edificios también forma parte de la seguridad colectiva.
No se trata de alarmar ni de señalar responsables antes de tiempo.
Se trata, simplemente, de hacer visibles las preguntas técnicas que muchas veces permanecen ocultas, porque comprender cómo funciona una ciudad también forma parte de cuidarla.
Arq. Teodoro Rubén Potaz
Arquitecto especialista en patología y riesgos edilicios
Arquitectos de Abogados (AdeA)
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