Cuando el perito entra al ring sin entrenamiento y el actor sube sin Guantes

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En cada juicio técnico se abre un ring invisible. De un lado, el perito de oficio, sorteado por azar —arquitecto, ingeniero o agrimensor— que entra al expediente con título en mano, pero sin escuela de perito. Del otro, el perito de parte, muchas veces con doctorado, experiencia forense y una mirada afilada por años de audiencias y contrainterrogatorios. Y en el medio, el juez, convertido en referí, intentando mantener el equilibrio entre dos lenguajes que rara vez se entienden.

La escena se repite: dictámenes que se demoran tres, seis meses o más; respuestas incompletas; confusiones en los puntos periciales. El expediente se transforma en un combate de sombras donde el tiempo gana por abandono.

No se trata de mala voluntad, sino de falta de entrenamiento. El perito de oficio no preparado desconoce la mecánica judicial, los plazos, la importancia de cada palabra en una respuesta. Y cuando se enfrenta a un perito de parte que domina el proceso, el desequilibrio es inevitable: uno defiende con técnica, el otro apenas con intuición.

El resultado siempre es el mismo: un juicio que se paraliza, una verdad técnica que se diluye y una justicia que se demora hasta el cansancio. Porque cuando el oficio no tiene escuela, la justicia se convierte en una pelea sin ganador.

Cuando el precio reemplaza al criterio

Hay otro fenómeno que agrava la escena: cuando las partes eligen al perito por el honorario más bajo, como si la verdad técnica pudiera cotizarse en rebaja. En esos casos, el ring se convierte en una parodia: dos profesionales sin formación real, lanzando golpes al aire entre planos, medidas y fórmulas que nadie logra entender. El expediente se llena de papeles, de idas y vueltas, de cédulas electrónicas que no dicen nada. Y lo que debía ser una prueba se convierte en un acertijo burocrático.

No solo el perito de oficio debe responder a la ética profesional que fija el CPAU o el Consejo correspondiente. El perito de parte también tiene una responsabilidad moral y técnica: leer el expediente completo antes de aceptar el cargo, y hacerlo solo si sabe que podrá sostener la etapa de prueba sin dilaciones. De lo contrario, lo que debía ser una ayuda para el actor termina siendo una carga que lo hunde más en el laberinto judicial.

El fondo de la cuestión

El problema no es el azar del sorteo, sino la ausencia de una escuela real de peritos judiciales. No hay formación en argumentación, ni en ética procesal, ni en el uso del lenguaje técnico–legista. Y sin esa base, cada pericia es una improvisación sobre un expediente que no perdona errores.

Formar peritos no es enseñarles a medir. Es enseñarles a pensar con método, escribir con precisión y sostener con ética lo que declaran ante el juez. Solo así el referí podrá volver a ser juez, y no árbitro de un combate donde la verdad se esconde entre los papeles.

Epílogo – Cuando el actor sube al ring sin guantes

Es fácil decirlo: “Te voy a hacer un juicio.” Como si esas palabras fueran una sentencia de victoria. Pero pocos entienden lo que realmente implica iniciar una causa judicial técnica. Porque detrás del primer escrito, del sello del juzgado y de la ilusión de justicia, comienza una maratón silenciosa que devora tiempo, salud y recursos.

Si el actor no tiene fondos para sostener honorarios, pericias y seguimiento, el juicio se derrumba antes del fallo. El abogado deja de insistir, el perito abandona, y el actor se va hundiendo en el expediente como en un pantano procesal. Lo que empezó siendo un reclamo legítimo termina convertido en una ruina emocional y económica.

Un letrado sin experiencia, un perito improvisado o un juez confundido en un tema técnico que podría resolverse en dos años, estiran la causa a cinco o diez. No por malicia, sino por desorientación. Y mientras todos aprenden a destiempo, el expediente envejece.

El espejismo de litigar sin gastos

Y cuando el demandante solicita el beneficio de “litigar sin gastos”, el sistema se desnuda todavía más. Lo que suena a derecho de acceso a la justicia suele ser, en realidad, una confesión de indigencia técnica: no hay recursos para pagar peritos, estudios, ni sostener una estrategia sólida a lo largo del proceso. El resultado es un juicio que se arrastra entre oficios, pericias incompletas y abogados resignados. Porque litigar sin gastos no es litigar gratis: es litigar sin fuerza, sin respaldo y sin profesionales que puedan sostener la verdad hasta el final. Es el síntoma de una justicia que promete equidad, pero castiga la pobreza con el tiempo.

Conclusión

Un perito de oficio sin entrenamiento y un actor sin recursos son dos extremos de la misma falla: la banalización de la técnica y la pérdida del sentido de la justicia. Quizás haya llegado el momento de crear una Escuela Nacional de Peritos Judiciales y también una Escuela de Litigantes Conscientes, donde se enseñe que cada dictamen y cada demanda son actos serios, costosos y éticos. Porque cuando nadie se entrena para subir al ring, la pelea se vuelve eterna… y el tiempo, otra vez, gana por puntos.


Teodoro Rubén Potaz
Arquitectos de Abogados

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